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¿El futuro es vegano?

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Por María Ferreira Slier

En el subsuelo del Regente Palace Hotel de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires tuvo lugar a principios de noviembre el XV VegFest Argentina organizado por la UVA (Unión de Veganos Argentina). Un evento gratuito que a nuclea a conferencistas de distintas áreas: nutricionistas, médicos, chefs, periodistas, actores, músicos y en donde también se puede degustar todo tipo de comidas veg, comprar productos de cuidado personal, ropa y  merchandising.

 

Es sábado por la tarde, el VegFest comenzó a la mañana y cada vez llegan más asistentes. Son veganos, vegetarianos, flexiveganos, crudiveganos, frutiveganos o personas en transición que circulan a través de un pasillo que conecta a los dos salones de conferencia. Allí están los stands de venta de productos donde estos consumidores exigentes despliegan todo tipo de consultas sobre componentes, tratamientos, packagings. Es un nuevo tipo de mercado que intenta satisfacer a una población que va en ascenso que hace cinco años en nuestro país representaban el 3% de los habitantes y actualmente son el 10. Es decir, 4 millones de personas tienen una alimentación basada en plantas según un estudio realizado este año por la consultora Kantar – Insights Division. Y esto no solo sucede acá. La American Dietetic Association (el instituto internacional más prestigioso en la materia) advirtió el franco crecimiento de esta conducta alimenticia a nivel mundial y se dedicó a estudiarla. En 2009 concluyó que las dietas vegetarianas planificadas, incluidas las dietas totalmente veganas, son saludables, nutricionalmente adecuadas, y pueden proporcionar beneficios para la salud en la prevención y en el tratamiento de ciertas enfermedades como hipertensión arterial, diabetes tipo 2, sobrepeso, menor riesgo de muerte por enfermedad isquémica cardíaca y cáncer.

Y sin embargo, el veganismo no es una dieta.

Los conferencistas remarcan que este estilo de vida es un principio ético que propone una forma diferente de relacionarse con el propio cuerpo a través de la alimentación; con los animales a través del rechazo de todo uso y explotación; y, con el medio ambiente a través de prácticas relacionadas con la soberanía alimenticia,  agroecología, productos orgánicos, consumo responsable, economía circular y sustentabilidad de los recursos naturales.

Y es, también, una actividad asociativa que se celebran en eventos como éste.

Hay stands de todo tipo de comidas. La fila del helado que está hecho a base de leche  de coco o almendras es la más larga. Otros esperan en los stands por las salchichas, hamburguesas, chorizos, embutidos. La panceta parece la estrella de la tarde. La gente gira en círculos por el salón sólo para volver a aparecer delante del stand y degustarla nuevamente. No tiene la consistencia ni textura de la de origen animal pero una vez en el paladar el sabor es exquisito.  Mucho se ha cuestionado a los vegetarianos/veganos por no haber cambiado el nombre de las comidas que intentan emular a la carne cuando en realidad son preparados a base de harinas como el seitán o de semillas y legumbres recontrasuper condimentados y aromatizados con productos naturales. De todas formas, los nombres de los productos o comidas de los no veganos tampoco dice mucho acerca de sus componentes y orígenes. Por ejemplo, el huevo es la menstruación de la gallina (cuando el óvulo no es fecundado) y la miel es una mezcla de néctar y enzimas salivales que la abeja escupe en una celda de su colmena. Y claramente esto se puede poner más áspero: el chorizo es la carne del cerdo procesada y embutida en la piel que recubre sus propios intestinos.

Hay, señalan, algo velado sobre los componentes que nos permite seguir consumiéndolos y que evita que nos hagamos ciertas preguntas tales como: qué comemos, por qué y de donde vienen nuestros alimentos.

 

O peor aún ¿cuánto vive nuestra comida?

Un cerdo puede vivir 20 años en una granja en contacto con la naturaleza, mientras que en estos lugares de cría intensiva solo les permiten vivir 7 meses. Para que eso suceda, son modificados genéticamente para producir más kilos de carne en el menor tiempo posible en condiciones deplorables. Los cerdos viven hacinados en cubículos lo que les provoca daños mentales y físicos. Frente a esto, aparecen nuevas voces y productos en el mercado que promueven la cría dócil y pastoril de los animales destinados a consumo humano. Sin embargo, la postura de organizaciones como la UVA y de mucho de los presentes es abolicionista y no bienestarista. Es decir, no se trata de que los animales vivan mejor antes de que se conviertan en comida, sino que nunca tengan que llegar a nuestros platos.

Lo que estas personas están diciendo hoy y aquí es que los animales pueden sentir dolor. Incluso más: nos dicen que pueden hasta tener conciencia de ello. Muchos estudios han demostrado que, por ejemplo, los cerdos tienen una inteligencia mayor a la de un niño de tres años: responden a sus nombres, se reconocen a sí mismos si se ven reflejados en un espejo, les gusta escuchar música, sueñan cuando duermen, sus madres les cantan para arrullarlos y son capaces de recordar a largo plazo personas con las que hayan establecido un vínculo. Es ese alguien que después despojamos de toda referencia incómoda y al que simplemente llamamos carne.

Pero vale aquí la pregunta ¿carne para quién? Si Argentina, que produce alimentos para abastecer a casi 440 millones de personas y tiene una población apenas superior a 44 millones ¿por qué 13 millones de personas pasan hambre? En nuestro país la soja representa el principal rubro de exportación: dos de cada tres dólares que ingresan lo genera el campo con este modelo de producción de alimentos. Es un negocio millonario que no está dedicado a palear el hambre porque se trata de una soja que no se destina a consumo humano sino a alimentar vacas, cerdos, peces y pollos. Y no es, tampoco, cualquier soja. Sino una transgénica que necesita para su cultivo que se viertan más de 300 millones de litros de venenos al año. Un veneno letal. Según la Red de Médicos de Pueblos Fumigados, en estas zonas de monocultivo de soja los casos de cáncer y abortos espontáneos se han triplicado y los nacimientos con malformaciones aumentaron un 400 por ciento. Es un modelo productivo tóxico.

Entonces, si el principal problema ambiental de nuestra época es producto de la deforestación de pastizales que se corresponde con un proceso de agricultura animal para producir alimentos como la soja. ¿Qué estamos haciendo al respecto? ¿Cómo revertimos ese daño con acciones como separar los residuos, no dejando correr el agua de la ducha, reemplazando los sorbetes de plástico? Dicho de otra forma: Si en Argentina la producción de carne es el mayor emisor de gases de efecto invernadero, mucho más que todo el sistema de transporte junto. Tanto así que si comiéramos una sola hamburguesa y luego quisiéramos resarcir el daño que con esa acción le generamos al medio ambiente deberíamos andar en bicicleta todos los días 25 cuadras por los próximos dos años. ¿Por qué las campañas nos dicen que andemos más en bici y no que comamos menos carne?

Y tal vez ni siquiera alcance con realizar verdaderos cambios sobre nuestros hábitos más arraigados. Parece necesario tener que salir del ámbito privado, doméstico, individual e invadir la esfera pública, ser actores sociales activos. Acercarnos a espacios como este festival, mercados y ferias de consumo sustentable, asociaciones de productores agroecológicos, cooperativas, huertas urbanas y acciones de soberanía alimentaria que nos permiten pensar que es posible un nuevo modelo productivo con otras formas de distribución, consumo y acceso a la tierra para producir comida de vedad y que a su vez puede ser más amigables con el medio ambiente, los animales y con nosotros mismos.

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